Somos frágiles y mejorables: aprendemos cada día esta máxima, la hacemos nuestra y emprendemos caminos asombrosos para superarnos. Desde el fuego hasta el último cacharrito que la tecnología nos depara demuestra nuestro empeño en cuidarnos, protegernos, permanecer intactos.
Somos poderosos e insuperables: hemos remontado desde nuestra condición primitiva y escalamos desde una naturaleza animal hasta el elevado lugar en que nuestro espíritu, la inteligencia y la razón nos permite alcanzar.
A partes iguales somos vulnerables y potentes. Tan desvalidos como heroicos, escapamos de lo terrestre con vocación de demiurgos.
Así nos vamos construyendo otras realidades que nos impulsan más arriba, con el deseo de dominar el universo y persistir en él, ser visibles, resistirnos a desaparecer. Luchamos por permanecer, por no morir del todo, nos esforzamos en alargar nuestra estancia y preservar la memoria, perpetuarnos. Es por eso que exploramos el mundo y ponemos la ciencia a nuestros pies. Modelamos el mundo, construimos mundos paralelos. Semejantes a dioses, pero tan frágiles... A eso responde nuestro esfuerzo tecnológico, a esa condición natural vulnerable que superamos desde nuestra dimensión espiritual. Lástima que aún no sepamos usar los medios completamente. Cuando lo hagamos tal vez miremos hacia otra parte del mundo, allá donde los hombres no conocen Second Life, ni saben cómo funciona un GPS, porque bastante tienen con intentar comer cada día.
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